Al despertar no pude evitarlo, las frías lágrimas de tristeza y a la vez calientes por mi cuerpo, caían por mis mejillas sin control. Abracé mi almohada y me calmé un poco. ¿Por qué siempre me pasaba lo mismo? Un sueño extraño, a veces colorado, a veces oscuro… pero totalmente raro. Pasé del tema.
Me sequé las lágrimas con un pañuelo de papel que siempre me preparaba la noche anterior, por si acaso. Encendí la radio, busqué algo de música para relajarme. No me gustaban los CD, siempre sabía que canción venía, era mejor la radio, música desconocida que al principio no te gusta pero después de haberla escuchado tantas veces durante la publicidad, acabas pillándole el ritmo.
Me quedé estirada en la cama, algo tenían que significar esos malditos sueños que se repetían indefinidamente, con algo entrelazado pero sin saber que, raros, oscuros y amargos. Con un toque de desesperación, ruidos, cosquillas…
- ¿…Qué carajos…? Oh, mi móvil. –Pulsé el primer botón que vi y me lo puse a la oreja- ¿Diga? … ¿Hay alguien? ¿Quién es? …Vaya… han colgado. – Me lo quité de la oreja y miré a la pantallita para saber qué número era. – ¡Seré estúpida! He colgado.
No indicaba ningún número porqué colgué yo. No tenía ningún “supermóvil” moderno, simplemente uno que me regalaron al pasarme a la compañía. Cansada de estar en la cama me levanté a comer algo.
Medio zombi, medio humana me dirigí a la cocina. Abrí la nevera helada, pero a la vez vacía. Tan solo había sobras de la cena de ayer y un brick de leche de 2 litros. Llené un vaso de leche y bueno, supongo que ya sabéis lo que hice.
Paré de beber de repente, me quedé con la postura de beber pero sin hacerlo, clavando la mirada en el grande reloj de la cocina. Marcaban las doce menos cinco minutos, casi la hora de comer. Comprobé varias veces con mi mirada que había visto bien las agujas del reloj y sí, lo había visto bien.
Casi tiro la leche que tenía en la boca pero no lo hice. Dejé el vaso en cuidado sobre la mesa pero con una marcha más rápida. Corrí hacia mi habitación, vistiéndome con la primera ropa que vi al abrir el armario, casi volando.
Recogí los papeles que habían sobre la mesa de mi despacho, los metí en una carpeta (algunos no sobrevivieron de lo arrugados que estaban) y me fui en busca del coche.
Cerré la puerta con llave, con las prisas, me di cuenta de que estaba abriendo y no cerrando, pero después rectifiqué y conseguí cerrar el piso. Bajé las escaleras del bloque a toda pastilla y me metí dentro del coche, arranqué y me dirigí al parque, donde había quedado con él.
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